Permíteme que te tutee con cariño, como si fueses mi abuelita, con esos ojos tan vivos, con esa cara redonda y sonriente, por donde se escapa tu bondad.
No supe nada de ti hasta ayer, Irena Sendler. Una amiga me envió un archivo en su correo. Quizás el autor del mismo fuese un principiante. Lo cierto es que las letras se confundían con el color del fondo y solo pude descifrar su contenido a medias. Así que he acudido a mi buscador favorito para conocer a fondo la vida de una heroína de nuestro tiempo.
Me he enterado de que allá en Polonia, en un asilo situado en el centro de Varsovia, en una habitación donde nunca faltan flores y tarjetas de agradecimiento, vive una anciana de 97 años, que cuando solo tenía 29, y Europa estaba siendo devorada por un monstruo con aspecto humano llamado Adolf Hitler, se jugó muchas veces la vida para salvar las de muchos niños judíos.
Ella trabajaba en el Departamento de Bienestar Social, y descubrió horrorizada el atroz destino al que estaban condenados todos aquellos judíos encerrados en el gueto de Varsovia. Hablaba con los padres de los niños para que le permitiesen sacarlos de allí, y aunque éstos a veces se resistían, desgarrados por el dolor de la separación, la mayoría comprendieron que al menos sus hijos tendrían una oportunidad para seguir vivos.
Comenzó a sacarlos en ambulancias como víctimas de tifus; pero pronto se valió de todo lo que estaba a su alcance para esconderlos: cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercaderías, sacos de patatas, ataúdes… En sus manos cualquier elemento se transformaba en una vía de escape. Logró reclutar al menos una persona de cada uno de los diez centros del Departamento de Bienestar Social. Con su ayuda, elaboró cientos de documentos con firmas falsificadas dando a los niños nuevas identidades.
Irena vivía los tiempos de la guerra pensando en los tiempos de la paz. Por eso no le bastaba con mantener con vida a esos niños. Quería que un día pudieran recuperar sus verdaderos nombres, sus historias personales, sus familias. Entonces ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades. Apuntaba los datos en pedazos pequeños de papel y los enterraba dentro de botes de conserva bajo un manzano en el jardín de su vecino. Allí guardó sin que nadie lo sospechase, el pasado de todos aquellos niños… hasta que los nazis se marcharan.
Pero un día, los nazis descubrieron sus actividades. El 20 de octubre de 1943, Irena Sendler fue detenida por la Gestapo y llevada a la prisión de Pawiak donde fue brutalmente torturada. En un colchón de paja de su celda, encontró una estampa ajada de Jesucristo. La conservó, como el resultado de un azar milagroso en aquellos duros momentos de su vida, hasta el año 1979. En una visita del Papa, se la regaló a Juan Pablo II.
Irena era la única que sabía los nombres y las direcciones de todos los que albergaban a los niños judíos; soportó la tortura y se negó a traicionar a sus colaboradores o a cualquiera de los niños ocultos. Le rompieron los pies y las piernas, además de aplicarle otras crueles torturas. Pero nadie pudo romper su voluntad. Así que fue sentenciada a muerte. Camino del lugar de la ejecución, el soldado alemán que la llevaba la dejó escapar. La resistencia lo había sobornado porque no querían que Irena muriese con el secreto de la ubicación de los niños. Como oficialmente figuraba en las listas de los ejecutados, a partir de entonces Irena continuó trabajando con una identidad falsa.
Al finalizar la guerra, ella misma desenterró los frascos y utilizó las notas para encontrar a los 2.500 niños que había colocado en conventos religiosos o con familias adoptivas. Pudo reunir a algunos con sus parientes diseminados por toda Europa, pero la mayoría habían perdido a sus familiares en los campos de concentración nazis.
Mientras la figura de Oscar Schindler era aclamada por medio mundo gracias a Steven Spielberg que se inspiró en él para hacer la película que conseguiría siete Oscar en 1993, narrando la vida de este industrial alemán que evitó la muerte de 1.000 judios en los campos de concentración, Irena Sendler seguía siendo una heroína desconocida fuera de Polonia. Ella nunca contó a nadie nada de su vida durante aquellos años.
Sin embargo, en 1999 su historia empezó a conocerse y fue, curiosamente, gracias a un grupo de alumnas de un instituto de Kansas y a su trabajo de final de curso sobre los héroes del Holocausto. En su investigación dieron con unas pocas referencias sobre Irena. Encontraron un dato sorprendente: había salvado la vida de 2.500 niños. ¿Cómo es posible que apenas hubiese información sobre una persona así? Siguieron buscando y se encontraron con la sorpresa inesperada de que Irena seguía viva.
Cuando esta hermosa historia salió en un periódico acompañada de fotos suyas del tiempo de la guerra, varias personas empezaron a llamarla para decirle: “Recuerdo tu cara…. Yo soy uno de esos niños, te debo mi vida, mi futuro y quisiera verte…”
El padre de Irena, un médico que falleció de tifus cuando ella era todavía pequeña, le inculcó lo siguiente: “Ayuda siempre al que se está ahogando, sin tomar en cuenta su religión o nacionalidad. Ayudar cada día a alguien tiene que ser una necesidad que salga del corazón”.
Irena Sendler lleva años encadenada a una silla de ruedas, debido a las lesiones que arrastra tras las torturas sufridas por la Gestapo. No se considera una heroína. Nunca se adjudicó mérito alguno por sus acciones. “Podría haber hecho más,” dice siempre que se le pregunta sobre el tema. “Este lamento me seguirá hasta el día que muera.”
“No se plantan semillas de comida.
Se plantan semillas de bondades.
Traten de hacer un círculo de bondades, éstas las rodearán
y las harán crecer más y más”.
Irena Sendler
Son las historias como ésta las que redimen a la humanidad de todas sus maldades. ¡Bendita seas por todo el bien que hiciste, querida Irena!

















